miércoles, 21 de enero de 2015

otro dia del verano 2008


Pequeñas grandes anécdotas.

Agosto cada vez más hueco, si no es por esos encuentros que sólo pueden pasar en momentos así, de vacíos oceánicos, o que en cualquier caso, se aprecian más, hasta el último detalle de su insignificancia, de todo su sentido.

El tiempo en su elasticidad te pasea por cada rincón de estos pequeños e intensos lapsos en los que ocurre todo al unísono

Imágenes, olores, sabores, tactos, risas mezcladas en el sudor de las horas vespertinas, en las que el silencio inunda la ciudad, prolegómeno de una pequeña ebullición nocturna, donde los pocos seres que quedan atrapados en ella, se entregan a la tregua de calor que les brinda la luna.

Agosto de gran urbe estancada en un impas donde no hay sitio para la prisa, y el mar impone su vals de verano y sol y solaz.

Una cervecita fría recuperando rostros de ayer, descubriendo miradas de mañana, viviendo cada minuto de este presente sin prisa pero sin pausa. Sintiendo la leve brisa del otro lado de la ciudad antigua, mágica, efervescente… recorriendo el anecdotario popular o arrastrando silencios repletos de sensaciones… todo impregnado del verano que se arrastra hacia su fin.

Encuentros furtivos de quien no se vuelve a ver, historias que duran lo que el sol calienta, amores que nacen en la arena y el mar, y se los lleva una ola en un anochecer.
“Ayer te metiste en mi vida, yo te abrí la puerta y tú me abriste el alma. Desgarraste con ternura de titán mi timidez, suave pero firme en tu rapto, deshojando con tu aliento mi piel. Mezclaste sabio el placer de la risa con el deseo, profundo en tu caricia, travieso como un niño en un juego de cuerpos, nuestros cuerpos de agosto de sopor, empapados de sudor y ganas. Los nervios nos traicionaron por turnos. La experiencia y el ansia nos unieron en uno. Mujer y niña salieron a tu encuentro sin tapujos. Hombre y niño me acogieron para surcar el paisaje del amor, transitorio o eterno, no importaba.
Ayer no tuve miedo. En el sueño de una noche de verano fui Titania y tú mi pícaro Puck. Después te dormiste de embeleso. Yo me embarqué en tu sueño…
Hoy ya no soy Titania. Hoy sí tengo miedo”

Agosto pasa impasible a nuestras zozobras. Impasible, lento, a veces cruel para aquellos que quedamos preso en la gran urbe. Pero les da el milagro del tiempo para multiplicar. Panes, peces, emociones, experiencias, vidas, corazones….
No siento, ya no lo siento

Veo a través del cristal empañado de mis lágrimas mecánicas, abalanzarse sobre mí tu furia de macho reprimido, y sólo escucho la voz en off de un dolor sordo repetido hasta la angustia.

Porque angustia sí siento mientras dejas tus complejos en mi cuerpo, tan desgarrado ya que no es si no una inmensa cicatriz, continuación de la que yace aún más dentro, en mi amor propio, en mi autoestima, en mi sensibilidad.

Ya ni respiro para que no te alteres, para que no te ofendas. Y eso quisiera. Dejar de respirar, que una de tus palizas sea la última y que pueda por fin volver a ser aquella que fui cuando decías amarme, pero lejos de ti y lejos de esta piel que me recuerda que en esta vida nunca volveré a ser ella.

Lo sé, podría tratar de para esto, pero el terror me paraliza a mí, el sentimiento de culpa me lo impide, la sensación de derrota no me deja más opciones que desear morirme. Y me deshago en preguntas y mi cabeza es una papilla de seso y el dolor es tan agudo que aunque consiguiera alejarme de ti y no volver a sufrir otra brutal de tus palizas, por dentro estoy tan, tan rota, tan vencida, tan caduca, que sólo quiero cerrar los ojos y no abrirlos nunca más.

Te miro. Veo como tus labios articulan palabras que no escucho, que retumban en mi corazón hastiado y abatido. Seguro que me reprochas tus faltas, mientras dejas caer una lluvia de hostias y de insultos sobre esta carne lacerada, que ya no refleja mi edad, sólo tus abusos y la pobreza de tu espíritu.

Eso me digo a veces en voz muy bajita y para dentro, a ver si por fin me decido a dejar de castigarme yo también. Que eres pobre en todos los sentidos, que tus complejos se convierten en vejaciones, que tu sentimiento de inferioridad te obliga a rebajarme a saco de púgil, a vertedero de calumnias y humillaciones.

Pero de momento nada consigo. La otra voz, esa que siento multiplicada y ensordecedora, me repite constante que soy yo la culpable, que me lo merezco, que yo lo provoco, que no soy nada, nadie.

Sabes? Ya las lágrimas son acto reflejo. Sólo eso. Reacción sin emoción a tus puñetazos, tus patadas, tus insultos, tus violaciones continuadas…
Lagrimas de sangre, la que escupo por mi quebrada boca, esa que después coagula en mis muslos, mi abdomen, mis pechos, mi sexo…

Te odio. Pero me odio más a mí, y no sé cómo parar este sentimiento injusto que me profeso.

No tengo valor ni para morirme. Deseo en cada paliza que se acabe. Que mi vida se acabe.

“Amor mío”

Amor mío, estoy tan acabada… tan hundida… la tristeza me anega los sentidos… Soy la mujer más triste de la tierra… el dolor me anestesia el alma… soy la mujer mas dolorida de la tierra…

“Amor mío”

Amor mío, después enciendo el televisor y compruebo que no es cierto, que no soy la única que otras han encontrado la muerte o peor que eso, una muerte en vida aún mas atroz que la mía.

“Amor mío”

Amor mío, he descolgado el teléfono, he marcado los tres números, no he respondido a su voz. Así he pasado toda la mañana… hasta que has regresado, y la carne no estaba a tu gusto. Y te has servido un plato que te apetecía más. Mi cuerpo. Me has tumbado a puñetazos, me has arrastrado del pelo por la casa, me has hundido las uñas en el vientre mientras me decías puta zorra de mierda inútil asquerosa. Te has abierto camino entre mis piernas a rodillazos y me has penetrado mientras golpeabas con deleite mi cabeza contra el suelo.

Yo no he llorado, amor mío. No era yo. Era sólo el reflejo. No ha salido ni un gemido de mis labios. No era yo, sólo el reflejo. Sin oponer resistencia te he dejado descargar tu miserable existencia sobre las ruinas de la mía.

Has terminado. Te has ido. Me he arrastrado hasta el espejo. Y te he visto. A ti. No era yo. Sólo el reflejo.

De nuevo he descolgado. De nuevo he marcado. Y desde mi balbuceo, por fin me he escuchado decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad

Ya no hay dolor mi amor. Hay una herida inmensa como el cosmos. Pero tú ya no estás para volver a abrirla. No estarás más

Ni yo. Yo no volveré a ser yo

Pero tal vez pueda reconstruir otra imagen de mi misma.

Estoy viva.

Y no hay nada imposible después del infierno