Fuera el invierno ha firmado una tregua, y el viento en vez de cortante y acerado, viene cargado de una tibia melancolía.
El crepúsculo avanza inexorable, como cada día, en esta frágil cajita de cristal que es mi equilibrio.
Pero este crepúsculo es dulce, lleva el regusto de alguna primavera en que yo era yo pero más inexperta, en que yo era, pero con menos miedo a soñar.
NO, no duele pensar en eso. Sólo me siento extrañada y un poco fría. Pero el viento en esta tarde que se muere, reconforta con su soplo liviano y suave.
Navegan en él los ecos de todas las personas que he sido, de todas la que me han sido, de todas para las que fui.
El cielo me muestra los claros de mi vida y las nubes, y cómo la unión de ambos conforman el hermoso tapiz que cubre esta esfera y mi existencia… como si fuéramos uno, todos los seres y yo, sin distinciones, con los mismos anhelos deseos, miedos… con la misma fragilidad y poder.
Fuera una extensa gama de grises se reflejan sobre las siluetas y transforman mágicamente la belleza de este mundo en technicolor.
Nunca hubiera pensado en el gris como un color hermoso y sin embargo… le queda tan bien a esta tierna melancolía que adorna el día…
Le queda bien a este impás en que rige la calma y la rutina… en que el tiempo toma formas diferentes y es capaz de pasar lento como una eternidad, o ser a penas un suspiro despistado en unos labios fugaces.
Es cierto, a veces añoro ese vuelco que sufre el corazón cuando repentinamente todo se precipita, o cambia… cuando aparece algo o alguien que altera el orden de los factores, o introduce nuevos, ya sea algo fantástico o algo insoportable.
Añoro el amor con nombre propio, la vida con nombre propio.
Pero mi vida ha tenido ya demasiados nombres errados o erráticos, y es reconfortante estar segura de que ésta algún día tendrá nombre. Pero ese nombre se lo habré puesto después de conocerla.
Fuera el invierno baila hoy con algún día despistado del último verano, o se ha traído de paseo la próxima primavera.
Y yo sonrío y la sonrisa me anega los sentidos en mi pecho henchido.
El crepúsculo avanza inexorable, como cada día, en esta frágil cajita de cristal que es mi equilibrio.
Pero este crepúsculo es dulce, lleva el regusto de alguna primavera en que yo era yo pero más inexperta, en que yo era, pero con menos miedo a soñar.
NO, no duele pensar en eso. Sólo me siento extrañada y un poco fría. Pero el viento en esta tarde que se muere, reconforta con su soplo liviano y suave.
Navegan en él los ecos de todas las personas que he sido, de todas la que me han sido, de todas para las que fui.
El cielo me muestra los claros de mi vida y las nubes, y cómo la unión de ambos conforman el hermoso tapiz que cubre esta esfera y mi existencia… como si fuéramos uno, todos los seres y yo, sin distinciones, con los mismos anhelos deseos, miedos… con la misma fragilidad y poder.
Fuera una extensa gama de grises se reflejan sobre las siluetas y transforman mágicamente la belleza de este mundo en technicolor.
Nunca hubiera pensado en el gris como un color hermoso y sin embargo… le queda tan bien a esta tierna melancolía que adorna el día…
Le queda bien a este impás en que rige la calma y la rutina… en que el tiempo toma formas diferentes y es capaz de pasar lento como una eternidad, o ser a penas un suspiro despistado en unos labios fugaces.
Es cierto, a veces añoro ese vuelco que sufre el corazón cuando repentinamente todo se precipita, o cambia… cuando aparece algo o alguien que altera el orden de los factores, o introduce nuevos, ya sea algo fantástico o algo insoportable.
Añoro el amor con nombre propio, la vida con nombre propio.
Pero mi vida ha tenido ya demasiados nombres errados o erráticos, y es reconfortante estar segura de que ésta algún día tendrá nombre. Pero ese nombre se lo habré puesto después de conocerla.
Fuera el invierno baila hoy con algún día despistado del último verano, o se ha traído de paseo la próxima primavera.
Y yo sonrío y la sonrisa me anega los sentidos en mi pecho henchido.