martes, 29 de julio de 2008

desde el desván donde jugábamos


No sé, me he quedado sin pensamientos alegres, y por muchos Peter Pan que me encuentro en el camino, lo cierto es que hasta mi más ridícula tristeza parece optimista frente a su apatía

Peter ya los agotó todos, supongo que el afán por no crecer se ha vuelto una pesada carga. Así pues, lo único que queda de aquel Peter que sembraba el mundo de felices pronósticos, es un pueril hombretón con miedo de su propia sombra, esa que tanto perseguía en días más prometedores.

Y el tema de volar… ni mencionarlo.

Campanilla no tiene polvos suficientes para levantar el fardo de complejos, dudas, fantasmas y alardes en los que se ha convertido.

Ella, como Wendy, como yo, como muchas, hemos crecido, conservando la virtud de ser tan niñas como el día que lo conocimos, esperando aún viajar de su mano a Nunca Jamás y vivir mil aventuras, protegiéndole de si mismo y soñando con ser rescatadas del muñón de Garfio, pero con otro feliz final, donde la historia continúa, y crecemos en altura y en sabiduría, y en amor y en compromiso, y en deseos y pasiones con recetas más elaboradas

La capacidad de albergar al niño que un día fuimos, de conservar una especie de virginal inocencia en el alma, cuando la física ya hace años que la perdimos, cuando nuestro cuerpo ya no anuncia con su piel imberbe el incipiente desflore sino un paisaje que denuncia terrenos ya explorados y marcas de fuego en el sistema emocional… la capacidad de albergarlo digo, no se remite al abandono de cualquier obligación impuesta (natural o social) y la adopción de ciertos comportamientos manidos y fuera de lugar

Esa capacidad no es sino la de dejar convivir a la persona adulta con otros sueños, pero con sueños, más sabia, quizás más dolida, menos inconsciente… con aquel Peter Pan que él fue y nosotras compartimos

Yo aún espero un Peter Pan que en vez de flores, me traiga el alegre pensamiento de saberse un niño, grande, fuerte y sabio

No hay comentarios: